En Argentina, un 17,1% de las personas mayores de 60 años permanecía ocupada laboralmente hacia fines de 2024, según datos del INDEC. Esta continuidad en el mercado laboral no suele responder a un deseo personal de mantenerse activo, sino a la necesidad de complementar ingresos previsionales que resultan insuficientes para cubrir gastos esenciales.
Este fenómeno se enmarca en un proceso de envejecimiento poblacional sostenido desde mediados del siglo XX, impulsado por la reducción de la tasa de fertilidad y el aumento de la esperanza de vida, según Naciones Unidas. La CEPAL indica que en 2024 las personas mayores representaban el 14,2% de la población en América Latina y el Caribe, y proyecta que esta cifra llegará al 25% en 2050. En este contexto, tanto el sistema previsional como el mercado laboral enfrentan crecientes desafíos.
El Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA) de la Universidad Católica Argentina identifica dos factores principales que explican la continuidad laboral en la vejez. Por un lado, la búsqueda de realización personal y el mantenimiento de una vida activa, que se vincula con capacidades de desarrollo vital que no encuentran otros canales sociales. Por otro, el deterioro de los haberes previsionales, que obliga a muchas personas a buscar trabajo, changas u otras actividades para complementar sus ingresos, explicó el director del ODSA, Agustín Salvia, en diálogo con Fundación COLSECOR.
A comienzos de 2026, la jubilación mínima rondaba los 359.254 pesos mensuales. Aunque se otorgó un bono extraordinario de 70.000 pesos, el ingreso previsional no alcanzaba a cubrir la Canasta Básica Alimentaria, que en diciembre de 2025 superaba los 423.000 pesos para un adulto, según el INDEC. La brecha se amplía al considerar la Canasta Básica del Jubilado, que incluye gastos adicionales en medicamentos, vivienda adaptada y cuidados específicos.
En cuanto a la inserción laboral, la mayoría de las personas mayores que continúan trabajando lo hacen en actividades informales o por cuenta propia, colaborando en comercios familiares o en servicios relacionados con el cuidado, la limpieza y el mantenimiento. “El trabajo asalariado está mucho menos demandado”, señaló Salvia, quien agregó que cuando existe suele darse en condiciones precarias, como en restaurantes o lavaderos.
Las trayectorias laborales previas son un factor determinante para acceder a la jubilación. Una proporción significativa de adultos mayores accedió a este beneficio mediante moratorias o con pocos años de aportes, en un mercado laboral históricamente marcado por la informalidad. Esta situación afecta con mayor intensidad a las mujeres, cuyas carreras laborales suelen estar interrumpidas por tareas de cuidado no remuneradas.
Datos del Instituto Argentina Grande muestran que los picos de empleo en personas mayores coinciden con períodos de fuerte deterioro del poder adquisitivo. En el cuarto trimestre de 2024, de los 78.500 nuevos ocupados registrados en la comparación interanual, 42.000 eran jubilados. Esta tendencia está directamente vinculada con la pérdida de ingresos reales.
El debate sobre la llamada “economía plateada” plantea considerar a las personas mayores como sujetos activos capaces de generar valor económico y social. Sin embargo, especialistas advierten que en contextos de alta informalidad y bajos ingresos previsionales, el envejecimiento poblacional no se traduce automáticamente en nuevas oportunidades productivas.
Organismos internacionales como la OIT y la CEPAL distinguen entre envejecimiento activo y trabajo por necesidad. Cuando la continuidad laboral responde a ingresos insuficientes, no se trata de una elección libre sino de una estrategia defensiva frente a la precariedad. En este marco, el desafío no es solo fiscal sino estructural: garantizar ingresos adecuados, reducir la informalidad y diseñar políticas que aseguren una vejez con derechos en un país que envejece rápidamente.




