Drones kamikaze: qué son y por qué se convirtieron en un arma clave en los conflictos actuales

En El Mundo
marzo 09, 2026
Análisis técnico sobre las municiones merodeadoras, su funcionamiento autónomo y el impacto económico en la defensa global, basado en informes del Center for Strategic and International Studies.

Las municiones merodeadoras, comúnmente llamadas drones kamikaze, se han transformado en un elemento central de los conflictos bélicos modernos debido a su capacidad para combinar funciones de vigilancia y ataque en un solo dispositivo. Estos drones no solo vuelan hacia un objetivo, sino que pueden permanecer en el aire durante un tiempo prolongado, esperando identificar una presa específica antes de lanzarse contra ella y detonar su carga explosiva.

El funcionamiento de estas armas se basa en sistemas de guiado que permiten al operador controlar el dispositivo de forma remota o programarlo para que actúe de manera autónoma mediante inteligencia artificial. A diferencia de un misil convencional, que sigue una trayectoria balística o guiada directa, el dron kamikaze puede “merodear” sobre una zona determinada durante períodos que van desde los 30 minutos hasta varias horas, aumentando así sus posibilidades de encontrar y atacar el blanco correcto.

La estructura interna de estos drones incluye sensores electro-ópticos e infrarrojos que transmiten video en tiempo real a una estación terrestre. Según el manual técnico del Switchblade 300, desarrollado por AeroVironment, este sistema utiliza un motor eléctrico silencioso que dificulta su detección acústica por parte de las tropas en tierra, permitiendo realizar ataques de precisión con daños colaterales mínimos, especialmente en entornos urbanos.

El proceso de ataque comienza con el lanzamiento, que puede realizarse desde tubos neumáticos, catapultas o incluso de forma manual. Una vez en el aire, el dron despliega sus alas y activa sus sistemas de navegación GPS. El operador selecciona el objetivo en una pantalla táctil y el software a bordo calcula la trayectoria óptima de impacto, ajustando las superficies de control para compensar el viento o el movimiento del blanco.

Desde el punto de vista económico, una de las ventajas más importantes de esta tecnología es su relación costo-beneficio en comparación con armamentos tradicionales. Por ejemplo, un misil Javelin puede costar alrededor de 175.000 dólares por unidad, mientras que drones como el Shahed-136, de fabricación iraní, tienen un precio estimado entre 20.000 y 30.000 dólares. Esta diferencia permite a los ejércitos saturar las defensas antiaéreas enemigas mediante ataques en enjambre, generando un desafío estratégico para los sistemas de defensa.

Samuel Bendett, analista del Center for Naval Analyses, señaló en un informe de 2023 que “la democratización de la precisión a través de drones baratos permite que actores con presupuestos limitados logren capacidades que antes eran exclusivas de las grandes potencias aéreas”. Esta asimetría obliga a los defensores a gastar misiles interceptores que cuestan millones de dólares para derribar drones que valen una fracción de ese monto.

Además, el costo operativo se reduce al no requerir infraestructura de pista de aterrizaje ni grandes equipos de mantenimiento. Muchos de estos drones son transportados en mochilas y pueden ser desplegados por un solo soldado en el frente. Por ejemplo, el modelo Switchblade 600, diseñado para destruir blindados pesados, mantiene un costo significativamente inferior al de un tanque moderno, al atacar la parte superior de estos vehículos, donde el blindaje es más delgado.

En cuanto a la producción masiva, tanto Rusia como Ucrania han incrementado sus líneas de montaje locales para reducir la dependencia de proveedores externos. El uso de componentes electrónicos comerciales, como procesadores de drones de consumo y chips de navegación civil, permitió que el precio de las variantes más simples baje por debajo de los 5.000 dólares, convirtiéndolos en municiones descartables de alto impacto.

En el escenario global, Estados Unidos, Israel, Irán y Turquía lideran la fabricación y exportación de estos drones. Israel fue pionero con la serie Harpy, desarrollada por Israel Aerospace Industries (IAI), diseñada originalmente para detectar y destruir radares enemigos de forma autónoma. Su evolución, el sistema Harop, tiene un alcance de 1.000 kilómetros y puede permanecer en el aire hasta seis horas antes de atacar.

Por su parte, Turquía ha ampliado su influencia militar con el Kargu-2, un dron kamikaze rotatorio que utiliza algoritmos de aprendizaje profundo para el reconocimiento de objetivos. Un informe del Panel de Expertos de la ONU sobre Libia detalló que estos sistemas fueron usados en ataques donde las unidades fueron “programadas para atacar objetivos sin requerir conectividad de datos entre el operador y la munición”.

Rusia ha integrado masivamente los drones Lancet, producidos por Zala Aero Group, para frenar avances de artillería. Estos dispositivos tienen alas en forma de X que les otorgan alta maniobrabilidad durante la fase de picado. En tanto, Ucrania utiliza drones FPV (First Person View) modificados con explosivos RPG-7, una solución improvisada que ha resultado letal contra convoyes logísticos y puestos de mando.

La proliferación de esta tecnología también alcanzó a grupos no estatales en Oriente Medio y el norte de África. El uso de drones suicidas en ataques contra infraestructura petrolera en Arabia Saudita demostró que la distancia ya no garantiza seguridad frente a armas de bajo costo y largo alcance. El Ministerio de Defensa del Reino Unido indicó en su revisión estratégica de 2025 que la defensa contra enjambres de drones es ahora la prioridad número uno en investigación y desarrollo.

El modelo Shahed-136, por ejemplo, tiene una longitud de 3,5 metros, una envergadura de 2,5 metros y porta una cabeza de guerra que pesa aproximadamente 40 kilogramos, lo que lo convierte en un arma de gran impacto pese a su bajo costo.

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