La caída de Viktor Orbán en Hungría representa mucho más que un simple cambio de gobierno en un país de Europa Central. Tras 16 años en el poder, Orbán, arquitecto del modelo de “democracia iliberal” que inspiró a líderes como Donald Trump y Javier Milei, fue derrotado en las elecciones del domingo por Péter Magyar, un político que no pertenece a la oposición tradicional sino que emergió desde el propio oficialismo.
Orbán gobernó con mayorías absolutas en el Parlamento, lo que le permitió modificar la Constitución, cambiar la ley electoral y colocar a funcionarios afines en puestos clave del Estado, consolidando un sistema con escasos contrapesos institucionales. Según el analista político húngaro Péter Kramer, director de la Free Vote Foundation, ese poder le permitió “rediseñar el sistema para que las decisiones clave solo puedan modificarse con mayorías de dos tercios”.
Durante su mandato, Orbán impulsó un modelo político que él mismo definió como “democracia iliberal”, basado en la soberanía nacional, el orden y la identidad, por encima de los principios clásicos del liberalismo político. Este modelo derivó en un Estado con fuerte concentración del poder, debilitamiento de controles institucionales y una economía donde sectores estratégicos, como la energía, fueron nacionalizados o transferidos a empresarios cercanos al gobierno. Kramer lo definió como un “Estado capturado”.
El deterioro económico y social, con altos niveles de pobreza y dependencia de fondos europeos congelados por cuestionamientos al Estado de derecho, erosionó la legitimidad del régimen. Además, un escándalo institucional vinculado a un indulto presidencial que encubrió abusos contra menores generó una crisis interna en el oficialismo, que incluyó renuncias en la cúpula del gobierno y abrió una brecha que Magyar supo capitalizar como denunciante interno.
Magyar, con una postura conservadora cercana al universo ideológico de Orbán, logró canalizar el malestar social y político acumulado, presentándose como una alternativa dentro del mismo campo de derecha. Según Kramer, “Hungría sigue siendo una sociedad mayoritariamente conservadora donde las alternativas liberales no lograron consolidarse”. La alta participación electoral, récord histórico, reflejó que la elección fue vivida como un punto de inflexión, aunque el cambio no implica necesariamente un giro ideológico, sino una reconfiguración del poder.
El impacto de esta derrota trasciende las fronteras húngaras. Orbán fue pionero y referente de una red internacional de líderes conservadores y populistas de derecha, que incluye a figuras como Donald Trump, J.D. Vance, Santiago Abascal, Alice Weidel, Eduardo Bolsonaro y Javier Milei. Budapest se convirtió en un centro de encuentro de esta internacional “iliberal”, con Orbán como anfitrión de la Conferencia de Acción Conservadora (CPAC) en 2022.
Más allá de las diferencias ideológicas, lo que une a estos líderes es un estilo autoritario de liderazgo, con concentración del poder y restricciones a las instituciones democráticas. En la antesala de las elecciones, tanto Vance como Milei visitaron Budapest para respaldar públicamente a Orbán, quien también contó con el apoyo explícito del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu.
En el plano geopolítico, Hungría bajo Orbán fue considerado un actor disruptivo dentro de la Unión Europea, bloqueando consensos en temas clave como la guerra en Ucrania y Medio Oriente, alineándose con Rusia y funcionando como “el caballo de Troya de Putin en Europa”, según Kramer. La relación con Moscú incluía canales directos de comunicación y coordinación política, convirtiendo a Budapest en el principal aliado ruso dentro del bloque europeo.
Con la llegada de Magyar, se plantea un cambio discursivo y posiblemente de orientación: su gobierno se declara proeuropeo, alineado con la OTAN y comprometido con la restauración del Estado de derecho, buscando recomponer vínculos con Bruselas. Esto es crucial para acceder a fondos europeos que el país necesita para evitar un mayor deterioro económico.
El desafío que enfrenta Magyar es gobernar un sistema diseñado para resistir el cambio, con una arquitectura institucional creada para protegerse de modificaciones. Como señaló Kramer, “en general no es bueno que un partido tenga supermayoría, porque puede cambiar todo. Pero en este caso, peor no puede ser. Ojalá la use para bien”.
Más allá de la incertidumbre, la derrota de Orbán y el triunfo de un opositor dentro del mismo espectro político demuestran que incluso en un sistema autoritario con rasgos autocráticos es posible ganar y revertir el poder de manera democrática, enviando una señal que trasciende fronteras en un contexto global marcado por el auge del nacionalismo y liderazgos fuertes.





