La disciplina infantil genera un debate central: ¿es posible evitar el castigo sin perder autoridad y mejorar la relación con los hijos? En el pódcast Good Inside, la psicóloga especializada en disciplina positiva Becky Kennedy y la empresaria en crianza afroestadounidense Myleik Teele analizan esta cuestión, cuestionando los métodos tradicionales de autoridad en el hogar.
Ambas expertas coinciden en que no hay evidencia que vincule una crianza sin castigos con la permisividad. Por el contrario, evitar el castigo fortalece el liderazgo parental y fomenta la responsabilidad familiar, manteniendo límites claros y respeto mutuo. Kennedy señala que la presión social y la voz interna llevan a muchos padres a intervenir con firmeza para no parecer permisivos, mientras que Teele expresa que no dejar clara su autoridad le genera sensación de fracaso como madre.
Este temor a perder autoridad se basa en modelos disciplinarios heredados. Kennedy explica que la idea de que no intervenir implica falta de control se transmite de generación en generación, motivando el uso del castigo para evitar que los hijos “se salgan con la suya”. Teele agrega: “Pienso que si cedo ante ciertas cosas, se interpreta como falta de fortaleza. Hay una presión constante, porque parece que siempre debemos tener el control”.
La percepción de autoridad cambia según la edad de los hijos: el llanto de un bebé no se interpreta como desafío, pero la desobediencia en la niñez o adolescencia sí, intensificando la urgencia por demostrar autoridad y corregir conductas. En el pódcast, Kennedy reflexiona sobre cómo el poder, la disciplina y el miedo se entrelazan en la dinámica familiar y social. Recuerda que muchos adultos crecieron en hogares donde la disciplina basada en el miedo generaba obediencia temporal, pero no aprendizaje ni regulación emocional duradera.
En familias afrodescendientes, Teele comenta que el castigo suele entenderse como una forma de protección frente a un entorno hostil. “Para muchas familias, castigar es una forma de mantener seguros a sus hijos ante un entorno injusto. Si no impongo consecuencias claras, ¿cómo aprenderán a protegerse en situaciones más peligrosas fuera de casa?”, plantea. Kennedy reconoce la importancia de preparar a los niños para interactuar con figuras de autoridad externas, pero cuestiona si el castigo realmente los prepara para la vida o solo enseña a reprimir emociones, lo que puede derivar en estallidos de rabia en la adolescencia.
Teele busca que su hijo aprenda a identificar y expresar sus emociones para mantenerse seguro, aunque admite que le preocupa si sin castigo comprenderá la autoridad. Kennedy enfatiza que la competencia emocional se desarrolla con guía y práctica. Recuerda que en su familia se decía: “si me avergüenzas, te avergüenzo yo”, una reciprocidad emocional que define la tradición disciplinaria para muchos.
Frente a la creencia de que no castigar implica ausencia de límites, Kennedy propone alternativas basadas en la conexión y el liderazgo parental activo. “Puedo decirle a mi hijo ‘eso no está bien’ sin recurrir al castigo. No necesito causarle la misma incomodidad emocional que yo siento”, afirma en Good Inside. Teele apoya este enfoque y señala que, incluso en situaciones embarazosas, prefiere no aislar ni sancionar materialmente a su hijo, sino dejar claro su desacuerdo.
Ambas especialistas coinciden en que los castigos suelen canalizar la frustración de los adultos y replicar patrones vividos en la infancia. Teele ejemplifica con una experiencia personal: inscribió a su hija en clases de baile, pero la niña no quiso participar. En lugar de castigarla, permitió que observara hasta que se sintiera cómoda; tiempo después, la niña disfrutaba la actividad.
Kennedy recomienda transformar los conflictos cotidianos en oportunidades de diálogo y colaboración, anticipando y conversando sobre dificultades para encontrar soluciones conjuntas. Subraya que no establecer castigos no significa ausencia de límites. “El liderazgo consiste en guiar con calma, persistencia y validando la experiencia emocional del niño. Es lo opuesto a la reacción impulsiva que caracteriza el castigo”, concluye.





