El gendarme argentino Nahuel Gallo fue liberado tras permanecer 448 días detenido en Venezuela, en condiciones que su familia y organismos internacionales califican como desaparición forzada. El cabo primero de la Gendarmería Nacional Argentina estuvo recluido en la cárcel El Rodeo 1, sin acceso a un proceso judicial público ni asistencia legal ni consular durante todo ese tiempo.
Gallo fue víctima de un secuestro político por parte del régimen chavista, que lo mantuvo incomunicado y sin información para su familia. Su liberación se produjo semanas después de una operación militar que capturó a Nicolás Maduro y lo trasladó a Estados Unidos para enfrentar cargos por narcotráfico y otros delitos. En medio de un proceso de liberaciones que el régimen venezolano comenzó a implementar, el gendarme pudo regresar a Argentina para reencontrarse con su hijo Víctor, su pareja María Alexandra y su madre Griselda, quienes no cesaron en su reclamo durante más de 15 meses.
El primer indicio de la liberación de Nahuel Gallo fue una comunicación telefónica con su esposa, María Alexandra, ocurrida esta misma semana durante una entrevista radial. En esa llamada, que rompió un largo silencio, se confirmó que Gallo estaba vivo y aún detenido en El Rodeo 1. Esta comunicación se logró tras una huelga de hambre iniciada por presos extranjeros en esa cárcel, quienes exigían la aplicación de una ley de amnistía aprobada para presos políticos. La medida del régimen fue más una respuesta a la presión que un acto voluntario.
El contexto político en Venezuela fue clave para la liberación. La captura de Nicolás Maduro y su traslado a Estados Unidos desestabilizó el régimen chavista, que quedó sin su líder principal. En ese escenario, liberar a rehenes extranjeros como Gallo se volvió una necesidad política para el gobierno provisional encabezado por Delcy Rodríguez, quien evitó reconocer explícitamente el secuestro y la desaparición forzada.
La historia de Nahuel Gallo comenzó a complicarse en febrero del año pasado, cuando viajó a Venezuela para visitar a la madre de su pareja en Anzoátegui. Había solicitado todos los permisos correspondientes para cruzar la frontera y reunirse con su familia. Sin embargo, tras un mensaje breve que decía “Me están llevando”, desapareció sin que se dieran explicaciones oficiales. Durante meses, María Alexandra buscó respuestas en oficinas gubernamentales, fiscalías y embajadas, hasta que comprendió que Gallo estaba detenido en uno de los penales más duros del país, El Rodeo 1, bajo control de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM), vinculada a Diosdado Cabello.
La pareja y su hijo Víctor, que entonces tenía poco más de un año, vivieron una larga espera marcada por la incertidumbre y el miedo. María Alexandra se mudó a Caracas para estar cerca de los centros de poder y continuar con el reclamo, enfrentando un ambiente hostil y vigilado. Durante ese tiempo, el régimen venezolano acusó públicamente a Gallo de conspirar para asesinar a Delcy Rodríguez, sin presentar pruebas ni abrir un proceso judicial legítimo, lo que evidenció que su detención era un acto político.
En paralelo, la presión internacional creció con denuncias en organismos internacionales y reclamos de gobiernos como el de Estados Unidos. Sin embargo, la liberación no se concretó hasta que la situación política en Venezuela cambió tras la captura de Maduro. La salida de María Alexandra y su hijo de Venezuela fue parte de un operativo secreto con apoyo del Ministerio de Seguridad argentino, Estados Unidos y Colombia, que les permitió regresar a Argentina de forma segura.
Durante su detención, Gallo sufrió interrogatorios, traslados y aislamiento en El Rodeo 1, sin saber si su familia estaba bien ni si alguien seguía reclamando por él. Su libertad dependía de negociaciones políticas más que de procesos judiciales. Otro argentino, Germán Giuliano, fue detenido en mayo en circunstancias similares, lo que evidencia una práctica del régimen de usar a extranjeros como rehenes para negociar con la presión internacional.
La liberación de Nahuel Gallo marca el fin de una pesadilla de casi 450 días, pero también deja secuelas y preguntas sin resolver. Su familia celebra el regreso, especialmente porque Víctor podrá finalmente estar con su padre tras dos Navidades y dos fines de año sin él. Sin embargo, la historia de Gallo expone la realidad de un régimen que utiliza a personas como piezas políticas, recordando que para quienes viajan a países con gobiernos autoritarios, un viaje puede convertirse en una larga y dolorosa prisión.
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